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Gianfranco Sanguinetti, Bienvenidos a la ciudad más libre del mundo

Bienvenidos a la ciudad más libre del mundo

Gianfranco Sanguinetti

Bolonia, 1977

'Bolonia es la ciudad más libre del mundo'

RENATO ZANGHERI, alcalde de Bolonia, 1977.

'La URSS es el Estado más democrático del mundo’

STALIN, 1939.

'Andad a predicarle al mundo chanzas"

DANTE, Paraiso, XXIX.

I

Compañeros,

La historia presenta pocos ejemplos de un movimiento de rebelión social de la profundidad del que comenzó en Febrero de 1977. Y ninguno en el que, sin estar todavía oficialmente en el poder, el partido estalinista haya combatido y tratado al proletariado en lucha de forma tan repugnante. Por primera vez en Occidente, un partido llamado comunista no sólo se propone organizar la derrota del proletariado, aun corriendo el riesgo de salir malparado -como en el 36 en Barcelona- sino que trata de triunfar directamente contra el proletariado, unido a la burguesía. Resulta útil decir tan simple verdad en Bolonia, la Disneylandia de nuestro estalinismo, aunque, precisamente por eso, también la roca fuerte del antiestalinismo revolucionario.

El partido llamado comunista no puede proclamar abiertamente que su programa de gobierno consiste en el mantenimiento por todos los medios de la esclavitud asalariada de la clase obrera, pero puesto que ha de ganar títulos de crédito ante sus aliados burgueses, ha de realizar forzosamente tal programa, reprimiendo y calumniando las luchas obreras. A fin de alcanzar el poder, los estalinistas italianos deben criticar en cierta medida a sus colegas de los países del Este, pero con las prisas, se ven obligados a hacer aquí exactamente lo que critican de allá. "Pluralistas" y "demócratas" con los patronos y policías con los obreros.

Si bien el proletariado ya no se hace ilusiones sobre las verdaderas intenciones del PCI, tampoco ha de sobrestimar la fuerza de dichos burócratas. Demasiado próximos al poder para no ser sus cómplices, pero no lo bastante como para recibir de él la fuerza y los beneficios que esperaban. Lo bastante alejados de la clase obrera para no ser seguidos, pero no lo suficiente para ser condenados por ella. ¡Los estalinistas italianos son los más engreídos de todos!

Por todas partes, en todas las fábricas de la alienación, estallan luchas contra el trabajo que los burócratas no logran ni impedir ni ocultar: los obreros se han dado cuenta de que "el reino de la libertad comienza, en realidad, solamente donde el trabajo impuesto por la necesidad acaba ytermina la obligación externa" (El Capital, libro 4). Por todas partes surgen las primeras formas de organización autónoma del proletariado, con delegados revocables por la base. Cuantas más luchas reprimen los estalinistas, más luchas han de reprimir, y las últimas ilusiones sobre su papel usurpado de "representantes" de la clase obrera se desvanecen cuando más las necesitan. En una palabra, el partido llamado comunista ya no tiene la fuerza de parecer lo que no es. Y dado que los estalinistas quieren mantener al proletariado prisionero de su lógica de dominio, el PCI se ha convertido en la Bastilla de la revolución italiana: si el proletariado la destruye, vencerá, y entonces podrá dar cuenta del resto de sus enemigos.

II

De lo que se trata ahora es de combatir la represión y no de lamentarse; no hemos venido para hacer retórica de la represión, sino para terminar con ella. El primer objetivo represivo ha sido siempre el poner el movimiento revolucionario a la defensiva. La retórica sobre la represión, al colocar el movimiento a la defensiva, hace el juego a la represión. En cambio, nuestra lucha contra ella ha de ser ofensiva, así como lo es la que llevamos contra todos los poderes de la sociedad de clases. Al combatir la represión, hemos de enseñar a todos quién la practica, y de qué diferentes modos lo hace. Reconocer y nombrar a todos nuestros enemigos es la condición previa para poderlos combatir victoriosamente y para aumentar las tropas de los obreros aliados. Es importante que, cuando se hable de la represión de las luchas, se mencione ante todo al PCI y a los sindicatos.

No olvidéis compañeros, que la violencia de la represión es inversamente proporcional a la violencia de las luchas y al numero de nuestros combatientes. Cuando son muchos los que infringen leyes y convenciones, nadie es castigado; y si las luchas limitadas son fácilmente reprimidas, las grandes y fuertes son premiadas con la victoria. Mientras la represión exista hay que combatirla volviendo a la ofensiva; pero hay que evitar que la represión actual se agrave, no con irrisorios llamamientos a los burócratas de Belgrado, sino generalizando la ofensiva, desencadenando nuevas luchas frente a las cuales las pasadas parezcan poca cosa. En estos momentos, cualquiera de nosotros puede ser arrestado o asesinado impunemente, pero conviene recordar que no se sale de un peligro sin peligro, y que, de ahora en adelante, no hemos de ser nosotros quienes temamos la represión sino los burócratas y los burgueses quienes teman nuestras luchas. Un movimiento que se impuso y creció siempre que atacó, sera derrotado si renuncia a tal estrategia.

Volver a la ofensiva significa: generalizar y radicalizar la insubordinación contra toda jerarquía, ejercitar nuestra creatividad destructiva contra la sociedad del espectáculo, sabotear las máquinas y la mercancía, saboteadoras de nuestras vidas, promover huelgas salvajes indefinidas, elegir delegados revocables en todo momento por la base, coordinar constantemente todas las luchas, no despreciar ningún medio técnico (radio, etc.) que pueda servir a la comunicación liberada, dar un valor de uso inmediato a todo lo que tiene valor de cambio (mercancía ... ), ocupar permanentemente las fábricas y los edificios públicos, organizar la autodefensa de los territorios conquistados; ¡música maestro!

Es difícil prever el tiempo que al Estado le queda de vida. Pero seguro que no aceptará ser destruido sin oponer resistencia. Mientras exista, el Estado se habituará a reprimir las luchas, sacrificando las ilusiones "liberales" y "democráticas" que le quedan. Nosotros, hemos de prepararnos para una represión mayor. Eso quiere decir que hemos de prepararnos para combatirla. Luchar contra la represión significa combatir, en cada ocasión que se presente y en cada lugar, contra las fuerzas que la dirigen. Los proletarios revolucionarios no deben esperar ninguna indulgencia de sus propios enemigos, y tampoco han de tener ninguna con ellos.

III

Hasta hoy, todas las medidas represivas, de la menor a la mayor, de la calumnia a los tanques, no sirvieron de nada al poder, puesto que no lograron impedir todo lo ocurrido. Pero no olvidemos jamás que el menor error cometido por el movimiento puede causarnos un daño irremediable. El escaso esclarecimiento teórico sobre una cuestión estratégica tal como la de las armas, puede producir muy graves efectos si no en seguida no es superado por la radicalidad misma del movimiento. Las armas se usan cuando todos están dispuestos a usarlas. Y todos estarán dispuestos a usarlas cuando su empleo sea indispensable. La cuestión no es táctica, sino estratégica; quien juega con las armas, juega con el Poder, y con el Poder no se juega: al Poder se le destruye.

Desde el punto de vista práctico, utilizar armas en una manifestación de veinte mil personas, donde sólo cien van armadas, no es solamente algo inútil, sino algo pernicioso: es exponer al fuego de la policía a miles de compañeros que no pueden defenderse. Los policías van todos armados, por lo cual, cuando deciden disparar, en nuestro campo, ocurre lo siguiente: los pocos que llevan armas no pueden ni defenderse, ni defender a los demás eficazmente, mientras que éstos han de formar bloque para defenderles, sin poseer todavia instrumentos de defensa adecuados.

Desde un punto de vista teórico, los pocos que van armados a las manifestaciones quieren constituir, o constituyen de hecho, un nuevo poder separado en el interior de un movimiento revolucionario que precisamente lucha contra todo poder separado. Y como tal, dicho poder está condenado. El recurso a las armas no es una cuestión abstracta o voluntarista, sino una concreta necesidad práctica que determinadas situaciones imponen, no a una parte sino a todo el movimiento revolucionario. Los compañeros que se afanan en conseguir un arma son ingenuos: cuando las armas son necesarias se cogen sencillamente al enemigo. Y no hay que dejar de lado la posibilidad de las provocaciones que el uso improvisado o inconsciente de las armas sirve en bandeja a la policía, oportunamente disfrazada. Si queremos combatir de verdad contra la represión, habremos de combatir contra lo que sirva de pretexto y que justifique la represión.

Ya que no somos indulgentes con nuestro enemigo, tampoco lo seamos con nosotros mismos; critiquemos sin piedad los errores que puedan resultar fatales para el conjunto del movimiento. La critica de las armas no puede prescindir de las armas de la crítica. La impaciencia por utilizar las armas a cualquier precio, retrasa en realidad el momento en que todo el proletariado recurrirá a ellas, porque anticipa la represión. Quienes se autocomplacen con el uso estúpido de las armas no son la parte más avanzada y más "dura" del actual movimiento revolucionario, sino la retaguardia de su conciencia teórica y estratégica.

En cuanto al terrorismo, hoy, en Italia, carece en absoluto tanto de utilidad como de justificación. El terrorismo jamás tuvo históricamente eficacia, salvo cuando una represión completa imposibilitaba cualquier otra forma de actividad revolucionaria; o sea, cuando una parte importante de la población se solidarizaba con los terroristas. Pero en este momento, en Italia, el movimiento actual ya ha logrado la simpatía de la clase obrera; mientras que el terrorismo, desde las bombas de piazza Fontana, ha servido siempre al poder, incluso cuando los servicios secretos no lo hablan promovido.

IV

Saber lo que no hay que hacer, es actualmente tan importante como saber lo que hay que hacer. En una época en que las ideas se vuelven peligrosas, tenemos que defender sobretodo, con la lucha, las ideas motrices de un movimiento al que naturalmente los estalinistas y burgueses acusan de carecer de ideas. Su posición se comprende, puesto que dichas ideas implican su propia negación. Y además, si de verdad tales ideas tuvieran tan poca importancia como intentan hoy hacer creer, seria incomprensible el hecho de que hayan dado vida a un movimiento tan vasto, profundo y prolongado. Y tampoco podría tener explicación el histerismo y el miedo de Cossiga y Berlinguer(1). Acusando a nuestro movimiento de no tener ideas, esa gente lo acusa realmente de no tener la incapacidad de pensar típica de ella.

Este movimiento significa, por el hecho de manifestarse como se manifestó, el rechazo definitivo de todos los partidos y de toda jerarquía. La crítica viva de todas las ideologías y de la política especializada, el rechazo del trabajo y del desempleo, el gusto por la comunicación libre y el diálogo, y en consecuencia, por la fiesta y el juego. ¿Cómo llegó a tanto? La protesta de la joven generación proletaria que se volvió revolucionaria, apenas pudo sustraerse a la jerarquía de los grupos y partidos con pretensiones extremistas, que desde el 68 fueron recuperándola y encarrilándola hacia el callejón sin salida del militantismo alienado. Al tanto, compañeros ¡impidamos por todos los medios que se formen otra vez entre nosotros jerarquías y grupúsicos con pretensión de dirigentes! Combatamos la impostura de los grupos "tardoleninistas" y neobolcheviques: el grado de autonomía real que sepamos alcanzar con relación a los cadáveres del pasado decidirá la suerte de nuestro movimiento. No necesitamos servicios de orden para saber lo que hay que hacer o no hacer, basta con nuestra inteligencia para comprender las necesidades de la situación. Los servicios de orden cometen siempre más abusos y errores que los que dicen impedir; su papel policial en el interior del movimiento reproduce de hecho un poder separado, contrarrevolucionarlo. Son la base para la creación de toda clase de jerarquía y se convierten en el instrumento de aquellos que ambicionan ser lideres, al no haber comprendido nada ni de este movimiento ni de la revolución social. La pasada experiencia y la teoría revolucionaria moderna nos enseñan que "la organización revolucionaria tuvo que aprender que ya no puede combatir la alienación bajo formas alienadas (Debord, La Sociedad del Espectáculo).

Lo que ahora hace falta, ya lo hacia en el inicio del proyecto revolucionario proletario: la acción autónoma de la clase obrera en lucha por la abolición del trabajo asalariado, de la mercancía, del Estado. Se trata de acceder a la historia consciente, de suprimir todas las separaciones y todo lo que existe independientemente de los individuos. El proletariado ya conoce a sus enemigos, y sabe que podrá combatirlos victoriosamente únicamente organizándose en Consejos Obreros. Los Consejos son manifiestamente la única solución, porque todas las demás formas de organización realizaron lo contrario de lo que proclamaban.

Compañeros, ¡sembremos viento y recojamos tempestades! Difundamos por todas partes, por todos los medios, radio, manifiestos, escritos, intervenciones, etc, estas consignas:

¡Abolición de la sociedad de clases!

¡Todo el poder a los Consejos Obreros!

¡El trabajo es el sabotaje de la vida, saboteemos el trabajo! ¡Destrucción de la sociedad del espectáculo! ¡La humanidad no será feliz hasta que el ultimo burócrata sea colgado de las tripas del ultimo capitalista!

¡Liberación inmediata de todos los detenidos!

¡La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no lo será!

ASOCIACIÓN PARA LA PROPAGACIÓN DE LA EPIDEMIA DE LA RABIA CONTAGIOSA

Bolonia, 23 de septiembre de 1977.

ANEXO:

Definición mínima de organización revolucionaria

O mejor, para reconocer mejor las que lo son y las que no lo son

Considerando que el único fin de una organización revolucionaria es la abolición de las clases existentes por una vía que no comporte una nueva división en la sociedad, definimos como revolucionaria a la organización que actúa en consecuencia por la realización internacional del poder absoluto de los Consejos Obreros, formulado en las revoluciones proletarias de este siglo.

Una organización así, o presenta una crítica unitaria del mundo, o no es nada. Por crítica unitaria entendemos una crítica pronunciada globalmente contra todas las zonas geográficas donde están establecidas las diferentes formas de poder socioeconómico separado, e igualmente, una critica global de todos los aspectos de la vida.

Una organización así reconoce el principio y el fin de su programa en la descolonización total de la vida cotidiana; no aspira por tanto a la autogestión del mundo existente por parte de las masas, sino a su transformación ininterrumpida. Ello implica la crítica radical de la economía política, es decir, de la superación de la mercancía y del trabajo asalariado.

Una organización así se niega a reproducir en'su seno las condiciones jerárquicas del mundo dominante. El único limite a la participación en su democracia total lo pone el reconocimiento y la autoapropiación por parte de sus miembros de la coherencia de su crítica: tal coherencia ha de estar presente en la teoría crítica propiamente dicha y en la relación de ésta con la actividad práctica. Tal organización hace una crítica radical de toda ideología en tanto que poder separado de las ideas e ideas del poder separado. De forma que es al mismo tiempo la negación de toda pervivencia de la religión y del actual espectáculo social que, de la información a la cultura de masas, polariza la comunicación entre los individuos en torno a una recepción unilateral de las imágenes de su actividad alienada. Su critica disuelve toda 'ideología revolucionaria" desenmascarándola como distintivo del fracaso del proyecto revolucionario, como propiedad privada de nuevos especialistas del poder, como impostura de una nueva representación que se sitúa por encima de la vida real proletarizada.

Siendo la categoría de la totalidad juicio en última instancia de la organización revolucionaria moderna, ésta es, finalmente, una critica de la política. Debe aspirar explícitamente, en su victoria, a su propio fin en tanto que organización separada.

1. Francesco Cossiga, democristiano, ministro del interior en 1976. Dimitió de su cargo tras la muerte de Moro para presidir el gobierno, el senado y la República, sucesivamente. Enrico Berlinguer, secretario del partido comunista italiano, fallecido en 1984.

Geopolítica de la hibernación


El "equilibrio del terror" entre dos grupos de estados rivales es el dato esencial más visible de la política mundial, y supone actualmente un equilibrio de la resignación: la de cada uno de los protagonistas a la permanencia del otro; y en el interior de sus fronteras, resignación de las personas a un destino que se les escapa tan completamente que la propia existencia del planeta se presenta como una ventaja aleatoria, dependiente de la prudencia y la habilidad de impenetrables estrategas. Ello implica decididamente una resignación generalizada ante lo existente, a los poderes coexistentes de los especialistas que organizan este destino. Estos hallan una ventaja añadida en este equilibrio por cuanto permite la rápida liquidación de toda experiencia original de emancipación surgida al margen de sus sistemas, sobre todo en el actual movimiento de los países subdesarrollados. Mediante este mismo engranaje de neutralización de una amenaza por otra -cualquiera que sea el protector que saque partido en cada ocasión- se aplastó el impulso revolucionario del Congo con el envío del cuerpo expedicionario de las Naciones Unidas (dos días después de su desembarco, a primeros de julio de 1960, las tropas de Ghana, que fueron las primeras en llegar, sirvieron para arrasar la huelga de transportes de Leopoldville), al igual que el de Cuba con la formación de un partido único (en marzo de 1960, el general Líster, cuyo papel en la represión de la revolución española es conocido, acaba de ser nombrado Jefe del estado Mayor adjunto del ejército cubano).

Ninguno de los dos campos prepara la guerra efectiva, sino la conservación indefinida de ese equilibrio a imagen de la estabilización interna de su poder. Ni qué decir tiene que ello deberá movilizar recursos gigantescos, pues es imperativo mantener siempre la escalada en el espectáculo de la guerra posible. Barry Commoner, que preside el comité científico encargado por el gobierno de los Estados Unidos de evaluar las destrucciones previstas por una guerra termonuclear, anuncia que una hora después de iniciarse habría 80 millones de americanos muertos, y los demás no tendrían esperanza alguna de seguir viviendo normalmente. Los estados mayores, que en sus preparativos no calculan más que en megabody (unidad que representa un millón de cadáveres), han admitido la futilidad de aventurar sus cálculos más allá del primer medio día, al carecer de información experimental para una planificación ulterior. Según Nicolas Vichney (Le Monde, 5 de enero de 1962) ya existe una tendencia vanguardista en la doctrina de la defensa americana que considera que "el mejor procedimiento de disuasión consistiría en la posesión de una gigantesca bomba termonuclear enterrada en el subsuelo. Cuando el adversario atacara se la haría estallar y la Tierra se dislocaría".

Los teóricos de este "Sistema del Juicio Final" (Doomsday System) han encontrado ciertamente el arma absoluta de la sumisión; por primera vez han traducido en poderes técnicos precisos el rechazo de la historia. Pero la lógica rigurosa de esos doctrinarios sólo responde a un aspecto de la necesidad contradictoria en la sociedad de la alienación, cuyo proyecto indisoluble reside en impedir la vida de las personas organizando su supervivencia (cf. la oposición entre los conceptos de vida y de supervivencia que Vaneigem describe más detenidamente en Banalidades de base). Así, con su desprecio de una supervivencia que pese a todo constituye la condición indispensable de la explotación actual y futura del trabajo humano, el Doomsday System sólo puede jugar el papel de ultima ratio de las burocracias reinantes, ser paradójicamente la garantía de su necesidad. Pero en conjunto, para ser plenamente eficaz, el espectáculo de la guerra futura debe modelar desde el presente el estado de paz que conocemos sirviendo a sus exigencias fundamentales.

A este respecto, el extraordinario desarrollo de los refugios antiatómicos durante 1961 constituye ciertamente el giro decisivo de la guerra fría, un salto cualitativo cuya inmensa importancia en el proceso de formación de una sociedad totalitaria y cibernetizada a escala planetaria será reconocida más tarde. Este movimiento ha comenzado en los Estados Unidos, donde ya el pasado enero, en su Mensaje sobre el estado de la Unión, Kennedy podía asegurar al Congreso: "el primer programa serio de refugios de defensa civil se encuentra en vías de ejecución, con la identificación, localización y reserva de cincuenta millones de plazas; y solicito la aprobación del apoyo otorgado por las autoridades federales para la construcción de refugios antiatómicos en escuelas, hospitales y centros similares". Esta organización estatal de la supervivencia se ha extendido rápidamente, con mayor o menor secreto, a los demás países importantes de ambos bloques. Alemania Federal, por ejemplo, se ha preocupado sobre todo por la supervivencia del canciller Adenauer y de su equipo, y la divulgación de las realizaciones en este campo ha provocado el secuestro de la revista de Munich Quick. En Suiza y Suecia se han instalado refugios colectivos excavados en sus montañas, donde los obreros enterrados con sus fábricas pueden continuar produciendo ininterrumpidamente hasta el apoteosis del Doomsday System. Pero la base de la política de defensa civil se encuentra en los Estados Unidos, donde numerosas sociedades florecientes como la Peace O' Mind Shelter Company de Texas, la American Survival Products Corporation de Maryland, la Fox Hole Shelter Inc. de California o la Bee Safe Manufacturing Company de Ohio, aseguran la publicidad y la instalación de gran cantidad de refugios individuales, es decir, edificados en régimen de propiedad privada para la organización de la supervivencia de cada familia. Se sabe que en torno a esta moda se desarrolla una nueva interpretación de la moral religiosa, afirmando algunos eclesiásticos que constituiría claramente un deber negar el acceso a estos refugios a sus amigos o desconocidos, incluso a mano armada, para garantizar así la salvación de su única familia. En realidad, la moral debe adaptarse a la situación para contribuir a perfeccionar este terrorismo de la conformidad que subyace a toda la publicidad del capitalismo moderno. Ya resultaba difícil de soportar ante la familia y los vecinos no tener el modelo de automóvil que permite adquirir determinado nivel de salario (siempre reconocible en las grandes concentraciones urbanas de tipo americano, puesto que la localización del hábitat se efectúa precisamente en función de dicho nivel de salario). Todavía lo será más no garantizar a los nuestros el standard de supervivencia accesible según la coyuntura del mercado.

Se consideraba generalmente que en Estados Unidos, a partir de 1955, la saturación relativa de la demanda de "bienes duraderos" provocaría una insuficiencia en el estímulo que el consumo debe proporcionar a la expansión económica. Se puede comprender así la extensión de la ola de todo tipo de gadgets que representan una excrecencia muy maleable del sector de bienes semiduraderos. Pero la importancia del refugio se revela plenamente bajo la perspectiva del necesario relanzamiento de esta expansión. Con la implantación de refugios y sus previsibles prolongaciones queda todo por rehacer bajo la tierra. Las posibilidades de equipamiento del hábitat deben reconsiderarse por partida doble. Se trata realmente de la instalación de una nueva durabilidad en una dimensión nueva. Estas inversiones subterráneas en estratos hasta hoy baldíos en la sociedad de la abundancia introducen por sí mismas un relanzamiento de bienes semiduraderos ya en uso en la superficie, como el boom de las conservas alimenticias, de las que cada refugio necesita un stock de la mayor abundancia; pero también de nuevos gadgets específicos como esos sacos de materia plástica para contener a las personas condenadas a morir en el refugio y a permanecer en él, naturalmente, con los supervivientes.

Es fácil darse cuenta de que estos refugios individuales que ya se han diseminado por todas partes jamás tendrán utilidad alguna -por negligencias técnicas tan burdas como por ejemplo la falta de autonomía en el aprovisionamiento de oxígeno- y que los refugios colectivos más perfeccionados no ofrecerían más que un margen muy reducido de supervivencia si, por accidente, se desencadenase efectivamente la guerra termonuclear. Pero como en todos los rackets, la protección aquí es tan sólo un pretexto. La verdadera utilidad de los refugios consiste en la medición -y por tanto en la consolidación- de la docilidad de las personas, y la manipulación de esa docilidad en el sentido más favorable para la sociedad dominante. Los refugios, en cuanto que creación de un nuevo artículo consumible en la sociedad de la abundancia, demuestran más que ninguno de los productos anteriores que puede hacerse trabajar a los hombres para satisfacer necesidades abiertamente artificiales, que sin duda alguna "siguen siendo necesidades aunque no han sido nunca deseos" (cf. Preliminares al 20 de julio, 1960) ni corren peligro de llegar a serlo. Este caso límite da la medida del poder de esta sociedad, de su temible genio automático. Si llegase a proclamar brutalmente que impone una existencia vacía y desesperante hasta el extremo de que ahorcarse pareciese la mejor solución para todo el mundo, conseguiría todavía hacer un negocio saneado y rentable con la producción de cuerdas estandarizadas. Sin embargo, con toda su riqueza capitalista, el concepto de supervivencia significa un suicidio diferido hasta el momento del agotamiento, una renuncia diaria a la vida. La red de refugios -que no están destinados a la guerra, sino a lo inmediato- esbozan la imagen, todavía exagerada y caricaturesca, de la existencia bajo el capitalismo burocrático llevado a su grado de perfección. Un neocristianismo acude para reemplazar su ideal de renuncia, una nueva humildad compatible con el relanzamiento industrial. El mundo de los refugios se reconoce a sí mismo como un valle de lágrimas con aire acondicionado. La coalición de todos los dirigentes y de sus sacerdotes de todo tipo podrá lograrse bajo el lema unitario: el poder de la catalepsia más el hiperconsumo.

Aunque la supervivencia, como lo contrario de la vida, rara vez se elige por plebiscito tan claramente como en el caso de los compradores de refugios de 1961, se reencuentra en todos los niveles de la lucha contra la alienación: en la antigua concepción del arte que pone principalmente el acento en la supervivencia a través de la obra, como confesión de renuncia a la vida, como excusa y consolación (principalmente desde la época burguesa de la estética, sustituto laico del trasmundo religioso), e igualmente en el estadio más irreductible de la necesidad, en los imperativos de la supervivencia alimenticia o de vivienda con el "chantaje de la utilidad" que denuncia el Programa elemental del urbanismo unitario (cf. International Situationniste, nº 6), el cual elimina toda crítica humana del entorno "con el simple argumento de que hace falta un techo".

El nuevo hábitat que conforman las "grandes concentraciones" no es realmente diferente de la arquitectura de los refugios. Ésta sólo representa un grado inferior, aunque su parecido sea estrecho y se pase de uno a otro sin solución prevista de continuidad: el primer ejemplo en Francia es un bloque actualmente en construcción en Niza, cuyo sótano ha sido adaptado como refugio antiatómico para la masa de sus habitantes. La organización concentracionaria de la superficie es el estado normal de una sociedad en formación, cuyo epílogo subterráneo representa su exceso patológico. La enfermedad revela fielmente la estructura de la salud. El urbanismo de la desesperación está a punto de hacerse dominante en la superficie, y no sólo en los núcleos de población de los Estados Unidos, sino también en países mucho más atrasados que Europa, e incluso por ejemplo en Argelia durante el período neocolonialista proclamado tras el "Plan de Constantine". A finales de 1961, la primera versión del plan nacional de acondicionamiento del territorio francés -cuya formulación se suavizó más tarde- lamentaba en el capítulo dedicado a la región parisina la "obstinación de una población inactiva por habitar en el interior de la capital", mientras que los redactores, especialistas graduados de la felicidad y de lo posible, señalaban que "podría albergarse más cómodamente fuera de París". Pedían, por tanto, la eliminación de esta penosa irracionalidad legalizando "la disuasión sistemática de la permanencia de estas personas inactivas" en París.

Como la principal actividad válida consiste evidentemente en desalentar sistemáticamente los cálculos de los gestores encargados del funcionamiento de una sociedad semejante hasta su eliminación concreta, y como ellos mismos piensan en ello con mucha más constancia que la masa manipulada de ejecutantes, los planificadores disponen sus defensas en todas las ordenaciones modernas del territorio. La planificación de refugios para la población, ya consistan normalmente en un techo sencillo o en un panteón familiar habitable preventivamente en la "abundancia", ha de servir en realidad para mantener su propio poder. Los dirigentes que controlan la conservación y el aislamiento máximo de sus súbditos saben atrincherarse, por la misma razón, con fines estratégicos. Los Haussman del siglo XX ya no tienen que asegurar el despliegue de sus fuerzas represivas en la cuadrícula de las viejas aglomeraciones urbanas. Al mismo tiempo que dispersan a la población en un radio amplio, en ciudades nuevas que presentan esta cuadrícula en estado puro (donde la inferioridad de las masas desarmadas y privadas de los medios de comunicación se agrava claramente en relación con las fuerzas cada vez más tecnificadas de la policía), edifican capitales fuera de su alcance donde la burocracia dirigente podrá constituir, para mayor seguridad, la totalidad de la población.

En diferentes estadios de desarrollo de estas ciudades-gobierno se pueden señalar: la "zona militar" de Tirana, un barrio separado de la ciudad y defendido por el ejército, donde se concentran las viviendas de los dirigentes de Albania, el edificio del Comité Central, así como los establecimientos escolares y sanitarios, los almacenes y las distracciones para esta élite que vive en la autarquía; la ciudad administrativa de Rocher Noir, edificada en un año para ser la capital de Argelia cuando las autoridades francesas resultaron incapaces de mantenerse normalmente en una gran ciudad, corresponde exactamente por su función a la "zona militar" de Tirana, pero se erigió en campo abierto; tenemos finalmente el ejemplo más notable en Brasilia, catapultada al centro de un vasto desierto y cuya inauguración coincidió precisamente con la destitución del presidente Quadros por su ejército y los preámbulos de una guerra civil en Brasil que por muy poco no sufrieron las molduras de la capital burocrática, la cual constituye al mismo tiempo, como se sabe, el triunfo ejemplar de la arquitectura funcional.

Ante este estado de cosas, muchos especialistas comienzan a denunciar numerosos absurdos inquietantes. No han comprendido la racionalidad central (la racionalidad del delirio coherente) que domina esos aparentes absurdos parciales a los que forzosamente conduce su propia actividad. Su denuncia del absurdo no puede ser sino absurda, tanto en su forma como en sus medios. ¿Qué pensar de los novecientos profesores de todas las universidades e institutos de investigación de las regiones de New York y Boston que el 30 de diciembre de 1961 se dirigieron solemnemente en el New York Herald Tribune al presidente Kennedy y al gobernador Rockefeller -algunos días antes de que el primero se jactase de haber seleccionado, para empezar, 50 millones de refugios- para persuadirles de lo nefasto del desarrollo de la "defensa civil"? ¿O de la horda pululante de sociólogos, jueces, arquitectos, policías, psicólogos, pedagogos, higienistas, psiquiatras y periodistas que no dejan de encontrarse en congresos, comisiones y coloquios de todo tipo, todos a la búsqueda de una solución urgente para humanizar las "grandes aglomeraciones"? La humanización de las grandes aglomeraciones es una mixtificación tan ridícula como la humanización de la guerra atómica, y por las mismas razones. Los refugios no traen consigo la guerra, sino la amenaza de guerra a "medida humana" en el sentido que define al hombre en el capitalismo moderno: su deber de consumidor. Esta investigación sobre la humanización pretende de buena fe el establecimiento común de las mentiras más eficaces para ahogar la resistencia de las personas. Mientras el hastío y la falta completa de vida social caracterizan las grandes conjuntos periféricos de forma tan inmediata y tangible como el frío Verkhoïansk, las revistas femeninas consagran reportajes a la última moda de los nuevos barrios periféricos, fotografiando sus maniquíes en esas zonas y entrevistando a gente satisfecha. Como el poder embrutecedor de la decoración puede medirse por el grado de desarrollo intelectual de los niños, se pone el acento en una penosa herencia de malvivir derivada del pauperismo clásico. La última teoría reformista pone sus esperanzas en una especie de centro cultural, sin emplear esa palabra para no espantar a nadie. En los planos del Sindicato de Arquitectos del Sena, el "bistrot-club" prefabricado, que humanizará por todas partes su obra, se presenta (cf. Le Monde, 22 de diciembre de 1961) como una "celda plástica" rectangular (28x18x4 m.) que comporta"un elemento estable: el bistrot sin alcohol que vende indistintamente tabaco y periódicos; el resto podrá reservarse a diferentes actividades artesanales de bricolage... tiene que convertirse en un escaparate con todo el carácter de seducción que ello comporta. Por ello la concepción estética y la cualidad de los materiales serán escrupulosamente estudiados para conseguir su pleno efecto tanto de noche como de día. El juego de luces debe informar en efecto sobre la vida del bistrot club".

He aquí, y presentado en términos profundamente reveladores, el descubrimiento que "puede facilitar la integración social a cuyo nivel se forjaría el alma de una pequeña ciudad". La ausencia de alcohol no significará nada: sabemos que actualmente en Francia la juventud de las bandas no lo necesita para romperlo todo. Los blousons noirs parecen haber roto con la tradición francesa de alcoholismo popular, que sigue jugando un papel tan importante en el hooliganismo del Este, y no utilizan todavía, como la juventud americana, la marihuana ni estupefacientes más fuertes. Aunque ligados al tránsito vacío entre los excitantes de dos etapas históricas distintas, no por ello manifiestan una violencia menos nítida, en respuesta precisamente a este mundo que describimos y a la horrible perspectiva de ocupar en él su agujero. Dejando de lado el factor de la sublevación, el proyecto de los arquitectos sindicados es coherente: sus clubs de cristal pretenden llegar a ser un instrumento de control añadido encaminado a esa alta vigilancia de la producción y el consumo que constituye la famosa integración perseguida. El recurso cándidamente manifestado a la estética del escaparate se esclarece perfectamente a través de la teoría del espectáculo: en esos bares desalcoholizados los consumidores se hacen a sí mismos espectaculares en la misma medida en que deben serlo los objetos de consumo a falta de otro atractivo. El hombre perfectamente reificado tiene su lugar en el escaparate como imagen deseable de la reificación.

El fallo interno del sistema reside en que no puede reificar totalmente a los hombres; necesita hacerlos actuar y obtener su participación, sin lo cual se detendría tanto la producción de la reificación como su consumo. El sistema reinante se halla pues en disputa con la historia, con su propia historia, que es a la vez la historia de su consolidación y la de su contestación.

Hoy que el mundo dominante, a pesar de ciertas apariencias, se da más que nunca (tras un siglo de luchas y la liquidación entre las dos guerras de todo el movimiento obrero clásico, que representaba la fuerza de contestación general) por definitivo sobre la base del enriquecimiento y de la extensión infinita de un modelo irreemplazable, la comprensión de este mundo no puede basarse más que en su contestación. Y esa contestación no es verdadera ni realista sino como contestación de la totalidad.

La pavorosa falta de ideas que puede reconocerse en todos los actos de la cultura, de la política, de la organización de la vida y de todo lo demás, se explica por esta misma razón, y la debilidad de los constructores modernistas de ciudades funcionales no es más que un ejemplo particularmente visible. Los especialistas inteligentes sólo tienen inteligencia para jugar el juego de los especialistas: de ahí el conformismo miedoso y la falta fundamental de imaginación que les hace admitir que tal o cual producción es útil, buena, necesaria. En realidad, la raíz de la falta de imaginación reinante no puede comprenderse si no se accede a la imaginación de la falta; es decir, a concebir lo que está ausente, prohibido y oculto, y es por tanto posible en la vida moderna.

No estamos ante una teoría desvinculada del modo en que las personas toman la vida; es por el contrario una realidad todavía desvinculada de la teoría en la mente de las personas. Quienes llevando bastante lejos la "coexistencia con lo negativo", en sentido hegeliano, reconozcan explícitamente esta carencia como su fuerza principal y su programa, harán aparecer el único proyecto positivo capaz de derribar los muros del sueño, las medidas de supervivencia, las bombas del juicio final y los megatones de la arquitectura.

Documento publicado en el # 7 de Internationale Situationniste (abril-1962). Traducción de extraída de Internacional Situacionista, vol. II: La supresión de la política, Madrid, Literatura Gris, 2000

Guy Debord, Tesis sobre la revolución cultural

1

El fin tradicional de la estética es hacer sentir, en la privación y la ausencia, algunos elementos pasados de la vida que escaparían de la confusión de las apariencias a través de una mediación artística, siendo por tanto la apariencia la que sufre el reinado del tiempo. El logro estético se mide por una belleza que es inseparable de la duración y tiende incluso a reclamar la eternidad. El fin de los situacionistas es la participación inmediata en una abundancia pasional de vida mediante la transformación de momentos efímeros conscientemente dispuestos. La realización de estos momentos sólo puede darse como efecto pasajero. Los situacionistas consideran la actividad cultural, desde el punto de vista de la totalidad, como un método de construcción experimental de la vida cotidiana que puede desarrollarse permanentemente con la ampliación del ocio y la de-saparición de la división del trabajo (empezando por la del trabajo artístico).

2

El arte puede dejar de ser una relación de las sensaciones para convertirse en una organización directa de sensaciones superiores: se trata de producirnos a nosotros mismos, y no cosas que no nos sirvan.

3

Mascolo está en lo cierto al decir (Le Communisme) que la reducción de la jornada laboral por la dictadura del proletariado es "la mejor prueba que puede dar de su autenticidad revolucionaria". En efecto, "si el hombre es una mercancía, si es tratado como un objeto, si las relaciones generales entre los hombres son relaciones entre cosas, es porque se puede comprar su tiempo." Sin embargo, Mascolo se apresura demasiado al concluir "que el tiempo de un hombre libremente empleado" se emplea siempre bien, y que "el comercio del tiempo es el único mal." No hay libertad en el empleo del tiempo sin la posesión de los instrumentos modernos para la construcción de la vida cotidiana. El uso de tales instrumentos marcará el salto de un arte revolucionario utópico a un arte revolucionario experimental.

4

Una asociación internacional de situacionistas puede considerarse como una unión de trabajadores de un sector avanzado de la cultura, o más exactamente de todos aquellos que reivindican el derecho a un trabajo ahora impedido por las condiciones sociales. Por lo tanto como un intento de organización de revolucionarios profesionales de la cultura.

5

Nos hallamos separados en la práctica del control real de los poderes materiales acumulados en nuestro tiempo. La revolución comunista no ha tenido lugar y nos encontramos todavía en el marco de la descomposición de las viejas superestructuras culturales. Henri Lefebvre ve correctamente que esta contradicción está en el centro de una discordancia específicamente moderna entre el individuo progresista y el mundo, y llama romántico-revolucionaria a la tendencia cultural que se funda sobre esta discordancia. El error de la concepción de Lefebvre consiste en hacer de la simple expresión del desacuerdo un criterio suficiente para una acción revolucionaria dentro de la cultura. Lefebvre renuncia de antemano a cualquier experimento que tienda a un cambio cultural profundo, y queda satisfecho con un contenido: la conciencia del posible-imposible, que puede expresarse sin importar qué forma adopte dentro del marco de la descomposición.

6

Quienes quieren superar el viejo orden establecido en todos sus aspectos no pueden ligarse al desorden presente, ni siquiera en la esfera de la cultura. Deben luchar sin demora, también en el campo cultural, por la aparición concreta del orden móvil del futuro. Esta posibilidad, presente ya entre nosotros, desacredita toda expresión dentro de las formas culturales conocidas. Todas las formas de pseudo-comunicación deben llevarse hasta su completa destrucción, para llegar un día a la comunicación real y directa (al uso, en nuestra hipótesis, de medios culturales superiores: la situación construida). La victoria será para quienes sepan crear el desorden sin amarlo.

7

En el mundo de la descomposición cultural podemos probar nuestras fuerzas, pero no emplearlas. La tarea práctica de superar nuestro desacuerdo con el mundo, de vencer la descomposición mediante construcciones más elevadas, no es romántica. Seremos "revolucionarios románticos", en el sentido de Lefebvre, precisamente en la medida en que fracasemos.

Publicado en el # 1 de Internacional Situacionista (1-VI-1958). Traducción extraída de Internacional situacionista, vol. I: La realización del arte, Madrid, Literatura Gris, 1999.