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Susan Sontag, La literatura es la libertad


[Discurso que pronunció Susan Sontag al recibir el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes (Friedenspreis des Deutschen Buchhandels) en Francfort].


Es para mí una lección de humildad y una inspiradora experiencia poder hablar en el Paulskirche ante este público, recibir el premio que en los últimos 53 años los Libreros Alemanes han otorgado a tantos escritores, pensadores y figuras públicas ejemplares a quienes admiro, y poder hablar en esta ocasión y en este lugar cargado de historia. Lo que hace que lamente aún más la ausencia deliberada del embajador norteamericano, el Sr. Daniel Coats, cuyo inmediato rechazo a la invitación que le extendió en junio la Asociación de Libreros para asistir a este evento, cuando se anunció el Premio de la Paz (Friedenspreis) de este año, muestra que el embajador está más interesado en apoyar la posición ideológica y el rencor reaccionario de la Administración de Bush, antes que en cumplir con su deber habitual como diplomático que sería representar los intereses y la reputación de su país, que es también el mío.


Supongo que el embajador Coats ha elegido no estar aquí hoy debido a las críticas que he vertido en diarios, entrevistas televisadas y columnas en revistas sobre la nueva tendencia radical de la política exterior norteamericana, como demuestran la invasión y la ocupación de Irak. Creo que el embajador debería estar aquí, ya que es una ciudadana del país que él representa ante Alemania la que recibe este importante premio.

Un embajador de Estados Unidos debe representar a su país en su totalidad. Desde luego, yo no represento a EE.UU., ni siquiera a la importante minoría que no apoya el programa imperial del Sr. Bush y sus consejeros. Me gusta pensar que no represento sino a la literatura, es decir, a una cierta idea de la literatura, y a la conciencia, una cierta idea de la conciencia o el deber. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la concesión de este premio, que proviene de un país europeo de envergadura, hace referencia a mi papel de 'embajadora intelectual' entre los dos continentes (huelga decir que el término 'embajadora' se refiere aquí a su sentido más débil, simplemente metafórico), no puedo dejar de compartir con ustedes algunos pensamientos respecto de la renombrada brecha entre Europa y EE.UU., que mis intereses y entusiasmos supuestamente tratan de superar.

En primer lugar, se trata de una brecha (es un vacío que tal vez esté llenándose, ¿o se trata también de un conflicto?). Declaraciones airadas y despreciativas respecto a Europa (a ciertos países europeos), son ahora moneda corriente en el discurso político norteamericano; y aquí, al menos en los países ricos del lado occidental del continente, los sentimientos anti-norteamericanos son más comunes, se escuchan con más frecuencia, y son más excesivos que nunca. ¿De qué conflicto se trata? ¿Tiene este conflicto raíces profundas? Creo que sí.
Ha habido siempre un antagonismo latente entre Europa y Estados Unidos; antagonismo que es al menos tan complejo y ambivalente como el que existe entre padres y madres e hijas/os. Estados Unidos es un neo-país europeo, que hasta hace pocas décadas se nutrió poblacionalmente con una fuerte migración europea. Sin embargo, son las diferencias entre Europa y Estados Unidos las que más han llamado la atención de viajeros europeos calificados: Alexis de Tocqueville, que visitó esta joven nación en 1831 y luego regresó a Francia para escribir Democracia en los EE.UU. (que es aún, unos ciento setenta años más tarde, el mejor libro sobre mi país) y D.H. Lawrence, quien hace ochenta años publicó el libro más interesante que se haya escrito sobre la cultura norteamericana, su influyente y exasperante Estudios sobre la Literatura Clásica norteamericana, entendieron que EE.UU., el hijo de Europa, estaba convirtiéndose, o ya se había convertido, en la antítesis de Europa.

Roma y Atenas. Marte y Venus. No han sido los autores de artículos populares recientes, a través de los cuales promueven la idea del inevitable conflicto de intereses y valores entre Europa y EE.UU., quienes inventaron estas antítesis. Varios extranjeros habían ya meditado sobre el tema y habían establecido el marco creativo, la melodía recurrente que suena a lo largo de la literatura norteamericana del siglo XIX, que va desde James Fenimore Cooper y Ralph Waldo Emerson hasta Walt Whitman, Henry James, William Dean Howells, hasta Mark Twain. Inocencia norteamericana y sofisticación europea; pragmatismo norteamericano e intelectualismo europeo, energía norteamericana y cansancio europeo ante lo mundano; ingenuidad norteamericana y cinismo europeo; bondad norteamericana y malicia europea; moralismo norteamericano y el arte de la concesión europeo: ya conocen estas cantinelas.
Se puede cambiar la coreografía; en realidad, se han bailado todo tipo de compases durante dos tumultuosos siglos. Los filoeuropeos han utilizado la vieja antítesis para identificar a EE.UU. con el barbarismo comercial que lo impulsa y a Europa con la alta cultura, mientras que los eurófobos se han guiado por un punto de vista preconcebido según el cual EE.UU. representa el idealismo, la apertura y la democracia, y Europa un refinamiento debilitante y snob. Tocqueville y Lawrence observaron algo más cruel aún: no sólo una declaración de independencia norteamericana respecto de Europa y de los valores europeos, sino también un socavamiento sostenido y el asesinato de los valores y el poder europeos. "Nunca se puede obtener algo nuevo sin romper algo viejo," escribió Lawrence. "Europa resultó ser lo viejo; EE.UU. debe ser lo nuevo. Lo nuevo representa la muerte de lo viejo." EE.UU., conjeturó Lawrence, se había puesto como objetivo destruir a Europa, y utilizaba la democracia como instrumento, en especial la democracia cultural y la democracia de las costumbres. Y cuando esta tarea se cumpliera, continuaba Lawrence, EE.UU. bien podría transformar su democracia en algo completamente diferente. (Tal vez sea ahora cuando esté surgiendo esa alternativa que reemplazaría a la democracia en EE.UU.)

Les ruego paciencia, si hasta ahora todas mis referencias han sido exclusivamente literarias. Después de todo, una función de la literatura -de la literatura importante, necesaria- es la de ser profética. Lo que tenemos aquí es, en forma magnificada, la perenne lucha literaria, o cultural, entre los antiguos y los modernos.

El pasado es (o fue) Europa, y EE.UU. se fundó sobre la idea de romper con el pasado. En EE.UU. se considera que el pasado estorba e idiotiza y -con su modo de entender qué es prioritario y qué no lo es y sus estándares sobre lo que es superior y lo que es mejor- esencialmente no democrático, o 'elitista', sinónimo que impera actualmente. Aquellos que hablan a favor de unos EE.UU. triunfantes continúan sugiriendo que la democracia norteamericana implica repudiar a Europa y, sí, adoptar un cierto barbarismo liberador y saludable. Aunque la mayoría de los norteamericanos considere hoy a Europa más socialista que elitista, según el modelo norteamericano, Europa es aún un continente retrógrado que continúa con obstinación rigiéndose por criterios antiguos: el estado de bienestar. 'Renuévalo' no es sólo una consigna cultural; describe también una maquinaria económica que no deja de avanzar y abarcar al mundo entero.

Sin embargo, si es necesario, aún lo 'viejo' puede ser rebautizado como 'nuevo'.
No es simple coincidencia que el resuelto secretario de Defensa norteamericano tratara de dividir a Europa [distinguiendo de manera inolvidable entre la 'vieja' Europa (mala) y una 'nueva' Europa (buena)]. ¿Cómo se llegó a que España, Italia, Polonia, Ucrania, Holanda, Hungría, la República Checa y Bulgaria, se encuentren entre los miembros de la 'nueva' Europa? Respuesta: apoyar a los EE.UU. en su actual expansión de poder político y militar implica, por definición, pasar a la categoría de lo 'nuevo'. Quien quiera que esté con nosotros es 'nuevo'.
La razón que se aduce en todas las guerras modernas, aun cuando sus objetivos sean los tradicionales (como lograr una expansión territorial o apoderarse de recursos naturales escasos), es la de una pretendida lucha entre civilizaciones -guerras culturales- donde cada lado alega estar en posesión de la razón, y a su vez califica al otro de bárbaro. El enemigo es invariablemente una amenaza a 'nuestro modo de vida', infiel, profanador y contaminador, un corruptor de valores superiores o mejores. La actual guerra en contra de la amenaza real de los militantes islámicos fundamentalistas representa un claro ejemplo. Vale la pena mencionar que una versión más blanda, en los mismos términos despreciativos, subyace al antagonismo entre Europa y EE.UU. Debe también recordarse que históricamente la retórica antinorteamericana más virulenta jamás escuchada en Europa -que consiste esencialmente en acusar a los norteamericanos de bárbaros- provino no de la llamada izquierda sino de la extrema derecha. Tanto Hitler como Franco vituperaron repetidamente a los EE.UU. (y al pueblo judío a nivel mundial) al acusarlos de contaminar la civilización europea con sus viles valores mercantiles.
Desde luego, la mayoría de la opinión pública europea continúa admirando la energía norteamericana, la versión norteamericana de 'lo moderno'. Además, sin duda ha habido siempre norteamericanos simpatizantes con los ideales culturales europeos (una de ellos se encuentra frente a ustedes ahora), que encuentran en las viejas artes europeas una corrección y una liberación de los persistentes prejuicios mercantilistas de la cultura norteamericana. A su vez, siempre ha existido la contraparte europea de estos norteamericanos: los europeos fascinados, cautivados, profundamente atraídos por los EE.UU., precisamente por ser diferentes de Europa.

Lo que ven los norteamericanos es casi la inversa del cliché eurófilo: se ven a sí mismos como los defensores de la civilización. Las hordas bárbaras ya no se encuentran a las puertas de nuestras ciudades. Están dentro, en cada próspera ciudad, planeando la devastación. Los países 'productores de chocolate' (Francia, Alemania, Bélgica) tendrán que hacerse a un lado, mientras un país con 'voluntad' -y con Dios de su parte- lleva a cabo su lucha contra el terrorismo (ahora confundido con el barbarismo). Según el secretario de Estado Powell, es ridículo que la vieja Europa (algunas veces parece que sólo se refiere a Francia) aspire a tener algún papel en el gobierno o la administración de los territorios que han sido ganados por la coalición del conquistador. La vieja Europa no tiene sus recursos militares, su gusto por la violencia, ni tampoco el apoyo de su mimada y demasiado pacífica población. Y los norteamericanos tienen razón. Los europeos no están dispuestos a lanzar ni una cruzada evangélica ni una belicosa.
Por cierto, debo a veces pellizcarme para asegurarme de que no estoy soñando: lo que mucha gente en mi propio país objeta a Alemania, que infligió horrores al mundo durante casi un siglo -el nuevo 'problema alemán' por decirlo de alguna manera- es que los alemanes aborrecen la guerra; que la mayoría de la opinión pública alemana es ahora virtualmente... ¡pacifista!
¿Fueron alguna vez EE.UU. y Europa socios, amigos? Por supuesto. Pero quizás es cierto que los períodos de unidad -de sentimiento compartido- hayan sido excepciones más que la regla. Uno de tales periodos tuvo lugar desde la Segunda Guerra Mundial hasta la primera época de la Guerra Fría, momento en que los europeos estaban profundamente agradecidos por la intervención norteamericana, su auxilio y su apoyo. Los norteamericanos se sienten cómodos viéndose a sí mismos en el papel de salvadores de Europa. En consecuencia, los EE.UU. esperarán que los europeos sientan siempre agradecimiento, un estado de ánimo que los europeos no sienten ahora.

Desde el punto de vista de la 'vieja' Europa, los EE.UU. parecen dispuestos a derrochar la admiración -y la gratitud- de la mayoría de los europeos. La inmensa simpatía por los EE.UU., tras el ataque del 11 de septiembre de 2001, era genuina. (Puedo dar testimonio de su resonante ardor y sinceridad en Alemania; me encontraba en Berlín en ese momento.) Pero después se ha producido un distanciamiento creciente por ambas partes. Los ciudadanos de la nación más rica y poderosa en la historia tienen que saber que a EE.UU. el resto del mundo lo ama y envidia... y también se siente agraviado por él. Más de un viajero que haya visitado el extranjero sabe que los norteamericanos son considerados por muchos europeos como vulgares, rústicos e incultos, y ante ello no dudan en responder a tales expectativas con un comportamiento que insinúa el resentimiento de los ex colonizados. Y algunos europeos cultos, que aparentemente disfrutan en gran medida ya sea visitando EE.UU. o viviendo allí, atribuyen condescendientemente este hecho al ambiente liberador de la colonia donde uno puede deshacerse de las restricciones y cargas de la alta cultura de la 'metrópolis'. Recuerdo una conversación con un director de cine alemán que estaba viviendo en ese momento en San Francisco, en la que él me decía que le encantaba estar en EE.UU. 'porque ustedes no tienen cultura alguna'. Para más de un europeo, y debe mencionarse, incluso para D.H. Lawrence ('allá la vida proviene de las raíces, imperfecta pero vital', le escribía a un amigo en 1915, en los momentos en que planeaba vivir en los EE.UU.), EE.UU. es el gran escape. Y viceversa: Europa fue el gran escape para generaciones de norteamericanos que buscaban 'cultura'. Desde luego, me refiero a minorías aquí, minorías dentro del grupo de los privilegiados.

Los EE.UU. se ven ahora como los defensores de la civilización y los salvadores de Europa, y se preguntan por qué los europeos no logran comprender esta cuestión; por su parte, los europeos ven a EE.UU. como un estado guerrero imprudente: a ello los EE.UU. responden que Europa es su enemiga. Un discurso ahora predominante en EE.UU. afirma que los europeos sólo pretenden ser pacifistas para debilitar el poder norteamericano. Los norteamericanos creen que Francia, en particular, trama igualar o aún superar a su país en su grado de influencia en las cuestiones internacionales -"La operación EE.UU. debe fracasar" es el título inventado por un columnista del diario New York Times para describir la estrategia francesa de dominación-, en lugar de comprender que una derrota norteamericana en Irak alentará a "los grupos musulmanes extremistas (desde Bagdad a los barrios pobres de París)" a continuar con su yihad contra la tolerancia y la democracia.

Es difícil para la gente evitar ver el mundo en términos polarizados ("ellos"y "nosotros") y son estos términos los que han fortalecido en el pasado el componente aislacionista en la política exterior norteamericana, tanto como ahora fortalecen el componente imperialista. Los norteamericanos se han acostumbrado a concebir el mundo en términos de enemistades. Los enemigos se encuentran en otro lugar, ya que la guerra se desarrolla siempre "fuera", y el fundamentalismo islámico ha reemplazado al comunismo ruso y chino como la amenaza implacable y furtiva a "nuestro modo de vida". Y el término "terrorista" es más flexible aún de lo que lo era la palabra "comunista". Puede unificar un número mayor de intereses y luchas muy diversas. Esta guerra será interminable por esa causa, ya que siempre habrá alguna forma de terrorismo (al igual que siempre existirá la pobreza y el cáncer); es decir, habrá siempre conflictos asimétricos en los cuales el lado más débil recurra a esa forma de violencia y ataque con frecuencia a civiles. La retórica norteamericana, y quizás también el estado de ánimo del pueblo en general, apoyarían esta perspectiva desacertada, ya que la lucha por la rectitud no tiene fin.

Gracias al genio de EE.UU. que, a pesar de ser un país tan profundamente conservador que los europeos difícilmente lo comprenden, se ha podido crear un pensamiento conservador que prefiere lo nuevo a lo viejo. Pero esto también implica que de la misma manera en que EE.UU. parece un país extremadamente conservador -como se observa, por ejemplo, en el extraordinario poder del consenso y la pasividad y en el conformismo de la opinión pública (como Tocqueville apuntó en 1831), y de los medios de comunicación masiva- es también radical, incluso revolucionario, de una manera que los europeos encuentran también difícil de desentrañar.

Seguramente, parte del enigma surge de la falta de congruencia entre el discurso oficial y la realidad de las personas. Los norteamericanos exaltan constantemente las "tradiciones"; las letanías a los valores de la familia ocupan un lugar central en los discursos de todos los políticos. Sin embargo, la cultura norteamericana corroe enormemente la vida familiar, al igual que todas las tradiciones, excepto aquéllas que han sido redefinidas como "identidades" y que pueden ser aceptadas como parte de patrones más amplios de distinción, cooperación y apertura hacia la innovación.

Quizás, la fuente más importante del nuevo (y del no tan nuevo) radicalismo norteamericano es algo que solía considerarse como una fuente de valores conservadores: es decir, la religión. Muchos comentaristas han observado que la mayor diferencia entre EE.UU. y la mayoría de los países europeos (tanto en la Europa vieja como la nueva, de acuerdo a la distinción norteamericana actual) radica quizás en que la religión en EE.UU. tiene aún un papel preponderante en la sociedad y en el discurso público. Pero es ésta una religión al estilo norteamericano: es más una idea sobre la religión que la religión en sí misma.
Es cierto que, durante la campaña presidencial de George Bush de 2000, un periodista tuvo la ocurrencia de preguntarle al candidato que citara su "filósofo preferido"; la respuesta, que fue bien recibida -y que hubiera convertido en un hazmerreír a cualquier candidato a un cargo importante por un partido centrista en cualquier país europeo- fue "Jesucristo". Por supuesto que Bush no quería decir con esa respuesta, y nadie lo malentendió, que si ganaba las elecciones su Gobierno se sentiría obligado a seguir los preceptos o los programas sociales que enunció Jesús.

La sociedad norteamericana es de carácter religioso, en general. Es decir, en EE.UU. no es importante qué religión siga uno, siempre que se tenga una. Sería imposible que existiera una religión dominante, o incluso una teocracia, que fuera sólo cristiana (o perteneciente a una confesión cristiana en particular). En EE.UU. la religión debe ser algo que se pueda escoger. Esta idea de la religión, moderna y relativamente carente de substancia, construida sobre la idea de la elección consumista, es la base del conformismo, el fariseísmo y el moralismo norteamericano (que los europeos confunden a menudo, de forma condescendiente, con el puritanismo). Independientemente de las creencias históricas que las diferentes religiones norteamericanas dicen representar, todas predican algo similar: cambios en el comportamiento personal, el valor del éxito, cooperación comunitaria, tolerancia de las elecciones que adoptan otras personas. (Todas éstas son virtudes que promueven y mitigan el funcionamiento del capitalismo consumista). El simple hecho de ser una persona religiosa asegura respetabilidad, fomenta el orden, y garantiza que sean intenciones virtuosas las que guían la misión norteamericana de conducir al mundo.

Lo que se divulga -se llame democracia, libertad, o civilización- es tanto parte de un proceso en marcha como la esencia misma del progreso. No existe otro lugar en el mundo donde el sueño de progreso de la Ilustración tenga una acogida tan propicia como en EE.UU.
Desmitificación de Polaridades

¿Estamos entonces tan separados? Es extraño que ahora que Europa y EE.UU. se asemejan tanto culturalmente, nunca hayan estado tan separados.

A pesar de todas las similitudes existentes en la cotidianeidad de los ciudadanos de los países europeos ricos y de los EE.UU., la brecha entre la experiencia europea y la norteamericana es genuina, y se origina a partir de importantes diferencias en la historia, nociones sobre el papel de la cultura, y recuerdos reales e imaginados. El antagonismo -si es que existe un antagonismo- no se resolverá en un futuro inmediato, a pesar de la buena voluntad de mucha gente a ambos lados del Atlántico. Y sin embargo, una no puede sino deplorar la actitud de los que desean aprovechar tales diferencias al máximo, cuando en realidad tenemos tanto en común.

La dominación de EE.UU. es una realidad. Pero EE.UU., como está empezando a entender el actual Gobierno, no puede hacerlo todo. El futuro del mundo -del mundo que compartimos- es sincrético e impuro. No estamos aislados unos de otros. Cada vez estamos más relacionados unos con otros.

En última instancia, el modelo que permitirá lograr algún grado de entendimiento o conciliación, consiste en tener más en cuenta la venerable oposición entre "lo viejo" y "lo nuevo". La oposición entre "civilización" y "barbarie" es esencialmente condicionante; no es conveniente pensar y pontificar sobre esa base (aunque pueda reflejar ciertas innegables realidades). Sin embargo, la oposición entre "lo viejo"y "lo nuevo" es genuina e irradicable, y constituye la esencia de la experiencia misma tal como la entendemos.

"Lo viejo" y "lo nuevo" son los polos perennes de todo sentimiento y sentido de la orientación en el mundo. No podemos prescindir de lo viejo, ya que hemos invertido en ello nuestro pasado, nuestra sabiduría, nuestros recuerdos, nuestra tristeza, nuestro sentido de la realidad. No podemos prescindir de la fe en lo nuevo, ya que en lo nuevo hemos invertido toda nuestra energía, nuestra capacidad de ser optimistas, nuestros ciegos anhelos biológicos, nuestra habilidad para olvidar: la sana habilidad que hace posible la reconciliación.
La vida interior tiende a desconfiar de lo nuevo. Una vida interior fuertemente desarrollada se resistirá especialmente a lo nuevo. Se nos ha dicho que debemos elegir entre lo viejo o lo nuevo. En realidad, debemos elegir ambos. ¿Qué es la vida sino el resultado de una serie de negociaciones entre lo viejo y lo nuevo? Creo que debemos evitar siempre estas oposiciones tan rígidas.

Lo viejo versus lo nuevo, naturaleza versus cultura: quizá sea inevitable que los grandes mitos de nuestra vida cultural sean representados no solamente dentro de un marco histórico sino también geográfico. Sin embargo, no son más que mitos, frases gastadas, estereotipos; la realidad es mucho más compleja.

He dedicado gran parte de mi vida a tratar de desmitificar estos modos de pensamiento que polarizan y generan opuestos. Esto significa, traducido a términos políticos, apoyar lo pluralista y lo laico. Realmente preferiría vivir, al igual que algunos norteamericanos y muchos europeos, en un mundo multilateral, un mundo que no fuera dominado por ningún país en particular (el mío incluido). Durante este siglo, que ya promete ser otro siglo más de extremos, de horrores, podría expresar mi apoyo a toda una serie de principios tendentes a mejorar la situación. Apoyaría, en particular, lo que Virginia Woolf llamaba "la melancólica virtud de la tolerancia".
Prefiero mejor hablar como escritora, como una defensora de la actividad literaria, ya que de ahí es de donde surge la única autoridad que poseo.

La escritora que hay en mí desconfía de la buena ciudadana, la "embajadora intelectual", la activista de derechos humanos. Todos esos roles que la concesión de este premio enumera, más allá de mi alto grado de compromiso con ellos. La escritora es más escéptica, duda más de sí misma que la persona que trata de hacer lo correcto y apoyar la causa correcta.
Una de las funciones de la literatura es la de formular preguntas y cuestionar las ideas ortodoxas reinantes. Y aún cuando el arte no es de oposición, el mundo de las letras tiende a ser contestatario. La literatura es diálogo; sensibilidad. Podría definirse a la literatura como la historia de las diferentes respuestas sensibles del género humano ante lo que está vivo y lo que está moribundo como resultado de la evolución de las culturas y de la interacción de unas culturas con otras.

Los escritores pueden hacer algo para combatir estos tópicos respecto de nuestra separación, nuestra diferencia -ya que los escritores son hacedores, y no simplemente transmisores, de mitos-. La literatura ofrece no solamente mitos sino también contra-mitos, del mismo modo que la vida ofrece contra-experiencias (experiencias que nos hacen dudar de aquello que uno suponía que pensaba, sentía o creía).

Creo que el escritor es alguien que presta atención al mundo, lo que significa tratar de entender, observar, y conectar con los diferentes actos de maldad que los humanos son capaces de realizar; y a la vez no corromperse -volviéndose cínico, superficial- al lograr esta comprensión de la naturaleza humana.

La literatura puede decirnos cómo es el mundo.

La literatura puede establecer normas y transmitir un conocimiento profundo, personificado a través del lenguage, en la narrativa.

La literatura puede entrenarnos y ejercitar además nuestra habilidad para llorar por quienes no somos nosotros ni son los nuestros.

¿Quiénes seríamos si no pudiéramos simpatizar con los que no somos nosotros ni son los nuestros? ¿Quiénes seríamos si no pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos, al menos durante algún tiempo? ¿Quiénes seríamos si no pudiéramos aprender? ¿O perdonar? ¿O convertirnos en algo diferente de lo que somos?

Escapar de la prisión de la vanidad nacional

En esta ocasión en la que recibo este magnífico premio, este magnífico premio alemán, permítanme que les cuente algo sobre mi trayectoria.

Pertenezco a una tercera generación norteamericana de origen polaco y judío lituano. Nací dos semanas antes de que Hitler asumiera el poder. Crecí en el interior de EE.UU., en Arizona y California, lejos de Alemania, y sin embargo durante toda mi niñez estuve obsesionada con Alemania, con la monstruosidad de Alemania, y con los libros y la música alemanes que amaba, y que a su vez establecieron mi criterio sobre las expresiones artísticas elevadas e intensas.
Aún antes de Bach y Mozart y Beethoven y Schubert y Brahms, ya había algunos libros alemanes [importantes para mí]. Recuerdo a un maestro de escuela primaria en una pequeña ciudad del sur de Arizona, el Sr. Starkie, que logró la admiración de sus alumnos al contarnos que había combatido en el ejército de Pershing en México contra Pancho Villa: este viejo veterano de una antigua aventura imperialista norteamericana había sido, al parecer, afectado -en versión traducida- por el idealismo de la literatura alemana, y percibiendo mi especial interés por los libros, me prestó sus propias copias del Werther y del Immensee.

Poco después, durante mi infantil orgía lectora, el azar me condujo al encuentro de otros libros alemanes, incluyendo el relato de Kafka En la colonia penitenciaria, donde descubrí el temor y la injusticia. Y pocos años más tarde, cuando era una estudiante de secundaria en Los Angeles, encontré todo sobre Europa en una novela alemana. No ha habido otro libro más importante en mi vida que La Montaña Mágica, que trata precisamente del choque de ideales como esencia de la civilización europea. Y así sucesivamente, a través de una larga vida que ha estado impregnada de la alta cultura alemana. De hecho, tras los libros y la música, que supusieron, dado el desierto cultural en el que vivía, experiencias prácticamente clandestinas, llegaron las experiencias reales. Porque también soy una beneficiaria tardía de la diáspora cultural alemana, y he tenido la buenísima fortuna de llegar a conocer bien a algunos de los incomparablemente brillantes refugiados que creó Hitler, aquellos escritores y artistas y músicos y académicos que EE.UU. recibió en la década de los 30 y que tanto enriquecieron al país, especialmente a sus universidades. Permítanme citar a dos de ellos, a los que tuve el privilegio de tener como amigos durante los últimos años de mi adolescencia y los primeros años de mi tercera década, Hans Gerth y Herbert Marcuse; aquéllos con los que estudié en la Universidad de Chicago y en Harvard, Christian Mackauer, Paul Tillich y Peter Heinrich von Blanckenhagen, y en seminarios privados, Aron Gurwitsch y Nahum Glatzer; y Hannah Arendt, a quien conocí después de mudarme a Nueva York cuando tenía aproximadamente veinticinco años: tantos modelos de seriedad, cuyo recuerdo quisiera evocar aquí.

Pero nunca olvidaré que mi encuentro con la cultura alemana, con la seriedad alemana, comenzó con el abstruso y excéntrico Sr. Starkie (no creo haber sabido nunca su nombre), que fue mi maestro cuando yo tenía diez años, y al que jamás volví a ver.
Y todo esto me lleva a una historia, con la que voy a concluir: creo que es lo adecuado, dado que fundamentalmente no soy ni una embajadora cultural ni una ferviente crítica de mi propio Gobierno (tarea que cumplo como buena ciudadana norteamericana). Soy una contadora de historias.

Así, vuelvo al tiempo en que yo tenía diez años, y encontraba algo de alivio de las cansadas obligaciones de ser una niña al leer con pasión los gastados volúmenes de Goethe y Storm que el maestro Starkie me había prestado. Me refiero a 1943, época en la que tenía conocimiento de que existía un campo de prisioneros con miles de soldados alemanes, soldados nazis, por supuesto, como yo los concebía, en la parte norte del estado, y teniendo en cuenta que era judía (aunque sólo lo fuera nominalmente, ya que mi familia era desde hacía dos generaciones totalmente laica e integrada; sabía que serlo nominalmente era suficiente para los nazis), me acosaba una pesadilla recurrente en la que los soldados nazis habían escapado de la prisión y habían logrado llegar al sur del estado donde estaba el chalé en el que vivía con mi madre y mi hermana en las afueras de la ciudad, y estaban a punto de matarme.

Adelantémonos ahora a muchos años más tarde, a la década de los 70, cuando Hanser Verlag comenzó a publicar mis libros, y llegué a conocer al distinguido Fritz Arnold (había comenzado a trabajar en la empresa en 1965), que sería mi editor hasta su muerte en febrero de 1999.
Durante uno de nuestros primeros encuentros, Fritz me dijo que deseaba contarme -supongo que lo consideraba un requisito previo a una futura amistad que pudiera surgir entre ambos- lo que había hecho durante la guerra. Le aseguré que no me debía explicación alguna; pero, por supuesto, valoré mucho el hecho de que él mencionara el tema. Quisiera agregar que Fritz Arnold no fue el único alemán de su generación (había nacido en 1916) que, después de conocerlo o conocerla, insistió en contarme que había hecho durante el periodo nazi. Y no todas las historias que escuché fueron tan inocentes como la que me contó Fritz.

De todas maneras, Fritz me contó que era estudiante universitario de literatura e historia del arte, primero en Múnich y más tarde en Colonia, cuando, a comienzos de la guerra, fue reclutado con el grado de cabo en las fuerzas armadas (Wehrmacht). Su familia no era pro-nazi en absoluto -su padre era Karl Arnold, el legendario caricaturista político de Simplicissimus -, pero emigrar no era una opción que su familia hubiera siquiera considerado, y aceptó con temor la obligación de unirse al servicio militar, con la esperanza de no tener que matar a nadie y no terminar él mismo muerto.

Fritz fue uno de los pocos que tuvo suerte. Fue afortunado al haber sido enviado primero a Roma (donde rechazó la invitación de su superior de nombrarlo teniente), luego a Túnez; afortunado también de haber permanecido detrás de las líneas de combate y no haber nunca tenido que utilizar un arma de fuego; y finalmente, fue afortunado, si es ésta la palabra correcta, por haber caído prisionero de los norteamericanos en 1943, haber sido transportado en barco junto con otros soldados alemanes capturados, a través del Atlántico hasta Norfolk, Virginia; y más tarde en tren a través del continente a pasar el resto de la guerra en un campo de prisioneros en... el norte de Arizona.

Tuve entonces el placer de poder contarle, mientras suspiraba asombrada, y dado que ya había comenzado a tener mucha simpatía por él -éste fue el comienzo tanto de una gran amistad como también de una intensa relación profesional-, que mientras él era prisionero de guerra en el norte de Arizona, yo estaba en la parte sur del estado, aterrorizada ante la presencia de los soldados nazis que estaban por todas partes, y de los que no podría escapar.
Entonces Fritz me contó que lo que le permitió sobrellevar los casi tres años que pasó en el campo de prisioneros en Arizona fue que se le permitió acceder a libros: había pasado esos años leyendo y releyendo los clásicos ingleses y norteamericanos. Y yo le conté que como estudiante en la escuela primaria en Arizona, y mientras esperaba poder crecer y escapar hacia una realidad más vasta, me salvó la lectura de libros, tanto los traducidos como los que habían sido escrito originalmente en inglés.

El acceso a la literatura, a la literatura universal, me permitió escapar de la prisión de la vanidad nacional, de la falta de cultura, del obligatorio provincialismo, de la educación formal inane, de destinos imperfectos y de la mala suerte. La literatura fue el pasaporte para ingresar a una vida más amplia; es decir, la zona de la libertad.

La literatura era la libertad. Especialmente ahora que los valores de la lectura y de la introspección están siendo desafiados con tanto vigor, la literatura es la libertad.

Susan Sontag 2003

Susan Sontag, La fotografía y la guerra

La fotografía y la guerra


Durante mucho tiempo -al menos seis decenios-, las fotografías han sentado las bases sobre las que se juzgan y recuerdan los conflictos importantes. El museo de la memoria es ya sobre todo visual. Las fotografías ejercen un poder incomparable en determinar lo que recordamos de los acontecimientos, y ahora parece probable que en definitiva la gente por doquier asociará la vil guerra preventiva que Estados Unidos ha librado en Irak el año pasado con las fotografías de la tortura de los prisioneros iraquíes en la más infame cárcel de Sadam Husein, Abu Ghraib.
El Gobierno de Bush y sus defensores se han empeñado sobre todo en contener un desastre de relaciones públicas -la difusión de las fotografías- más que en enfrentar los complejos crímenes políticos y de mando que revelan estas imágenes. En primer lugar, el reemplazo de la realidad con las propias fotografías. La reacción inicial del Gobierno consistió en afirmar que el presidente estaba indignado y asqueado con las imágenes: como si la falta o el horror recayera en ellas, no en lo que exponen. También se evitó la palabra "tortura". Es posible que los prisioneros hayan sido objeto de "maltrato", en última instancia de "humillaciones": eso era lo más que se estaba dispuesto a reconocer. "Mi impresión es que las acusaciones hasta ahora han sido de 'maltrato', lo cual me parece que es distinto en sentido técnico a tortura", afirmó en una conferencia de prensa el ministro de Defensa, Donald Rumsfeld. "Y, por tanto, no pronunciaré la palabra 'tortura".

La definición de tortura


Las palabras alteran, las palabras añaden, las palabras quitan. Que se evitara tenazmente la palabra "genocidio" mientras más de 800.000 tutsis de Ruanda eran masacrados en unas cuantas semanas por sus vecinos hutus hace diez años, demostró que el Gobierno estadounidense no tenía intención alguna de hacer algo al respecto. Negarse a llamar tortura lo que sucedió en Abu Ghraib -y en otras cárceles de Irak y Afganistán, y en el Campamento Rayos X de la bahía de Guantánamo- es tan indignante como negarse a llamar genocidio lo sucedido en Ruanda. Ésta es la definición usual de tortura que consta en las leyes y tratados internacionales de los que Estados Unidos es signatario: "Todo acto por el cual se inflijan intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión". (La definición proviene de la Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, de 1984, y está presente más o menos con las mismas palabras en leyes consuetudinarias y tratados previos, desde el artículo tercero común a las cuatro convenciones de Ginebra de 1949 hasta numerosos convenios recientes sobre derechos humanos, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y las convenciones europeas, africanas e interamericanas de derechos humanos). En la convención de 1984 se declara expresamente que "en ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales, tales como estado de guerra o amenaza de guerra, inestabilidad política interna o cualquier otra emergencia pública, como justificación de la tortura". Y todos los convenios sobre tortura especifican que ésta incluye los tratos que pretenden humillar a las víctimas, como abandonar a los prisioneros desnudos en celdas y corredores.

Cualesquiera que sean las acciones que emprenda este Gobierno para contener los daños a causa de las crecientes revelaciones de torturas a prisioneros en Abu Ghraib y otros lugares -procesos, juicios militares, inhabilitaciones deshonrosas, renuncia de altos cargos militares y de los funcionarios del Gabinete responsables, e importantes compensaciones a las víctimas-, es probable que la palabra "tortura" siga estando vedada. El reconocimiento de que los estadounidenses torturan a sus prisioneros refutaría todo lo que este Gobierno ha procurado que la gente crea sobre las virtuosas intenciones estadounidenses y la universalidad de sus valores, lo cual es la esencial justificación triunfalista del derecho estadounidense a emprender acciones unilaterales en el escenario mundial en defensa de sus intereses y seguridad.
Incluso cuando el presidente fue al fin obligado, mientras el perjuicio a la reputación del país se extendía y ahondaba en todo el mundo, a enunciar la palabra "perdón", el foco del arrepentimiento aún parecía la lesión a la pretendida superioridad moral estadounidense, a su objetivo hegemónico de traer "la libertad y la democracia" al ignaro Oriente Próximo. Sí, el señor Bush afirmó, de pie junto al rey Abdulah II de Jordania el 6 de mayo en Washington, que lamentaba "la humillación que han sufrido los prisioneros iraquíes y la humillación que han sufrido sus familias". Aunque, continuó, "lamento igualmente que la gente no comprendiera, al ver estas imágenes, el auténtico carácter y corazón de Estados Unidos".

Que el empeño estadounidense en Irak quede compendiado en estas imágenes debe de parecer, entre los que hallaron alguna justificación para una guerra que en efecto derrocó a uno de los tiranos monstruosos del siglo XX, injusto. Una guerra, una ocupación, es inevitablemente un enorme entramado de acciones. ¿Qué hace que algunas sean y otras no sean representativas? La cuestión no es si la tortura fue obra de unos cuantos individuos (en lugar de "todos") -todas las acciones las realizan individuos-, sino si fue sistemática. Autorizada. Condonada. Fue todo lo antedicho. El punto no es si la mayoría o una minoría de estadounidenses ejecutan tales acciones, sino si la naturaleza de las políticas que propugna este Gobierno y la jerarquía desplegada a fin de consumarlas hace que estas acciones resulten más probables.

Así consideradas, las fotografías somos nosotros. Es decir, son representativas de las singulares políticas de este Gobierno y de las corrupciones fundamentales del dominio colonial. Los belgas en el Congo, los franceses en Argelia, cometieron atrocidades idénticas y sometieron a los despreciados y renuentes nativos con torturas y humillaciones sexuales. Añádase a esta corrupción generalizada la desconcertante y casi absoluta falta de preparación de los dirigentes estadounidenses en Irak para hacer frente a las realidades complejas de un país tras su "liberación", es decir, su conquista. Y añádanse las doctrinas globales del Gobierno de Bush, a saber, que Estados Unidos se ha enfrascado en una guerra sin fin (contra un enemigo proteico llamado "terrorismo") y que aquellos detenidos en esta guerra son, si el presidente lo decide así, "combatientes ilegales" -una política que enunció Donald Rumsfeld desde enero de 2002- y, por tanto, en "sentido técnico", como afirmó Rumsfeld, "no tienen derechos" que ampare la Convención de Ginebra, y se tiene la receta perfecta para las crueldades y los crímenes cometidos contra miles de prisioneros sin cargos ni asesoría legal en cárceles gestionadas por estadounidenses y establecidas desde los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Así pues, ¿la cuestión central no son las propias fotografías, sino la revelación de lo ocurrido a los "sospechosos" arrestados por Estados Unidos? No: el horror mostrado en las fotografías no puede aislarse del horror del acto de fotografiar, mientras los perpetradores posan, recreándose, junto a sus cautivos indefensos. Los soldados alemanes en la II Guerra Mundial fotografiaron las atrocidades cometidas en Polonia y Rusia, pero las instantáneas en que los verdugos se colocan junto a las víctimas son muy infrecuentes, como puede apreciarse en un libro de reciente publicación, Photographing the Holocaust (Fotografiar el Holocausto), de Janina Struk. Si existe algo comparable a lo expuesto en estas imágenes, serían algunas de las fotografías de las víctimas negras de linchamientos efectuadas entre el decenio de 1880 y los años treinta, que muestran la sonrisa de estadounidenses pueblerinos bajo el cuerpo desnudo y mutilado de un hombre o una mujer colgado de un árbol. Las fotografías de linchamientos eran recuerdos de una acción colectiva cuyos participantes sintieron su conducta del todo justificada.

Así son las fotografías de Abu Ghraib.

Si hubiera alguna diferencia, sería la creada por la creciente ubicuidad de las acciones fotográficas. Las imágenes de los linchamientos correspondían a su carácter de trofeo: efectuadas por un fotógrafo cuyo fin era reunirlas y almacenarlas en álbumes, convertirlas en tarjetas postales, exhibirlas. Las fotografías que hicieron los soldados estadounidenses en Abu Ghraib reflejan un cambio en el uso que se hace de las imágenes: menos objeto de conservación que mensajes que han de circular, difundirse. La mayoría de los soldados poseen una cámara digital. Si antaño fotografiar la guerra era terreno de los periodistas gráficos, en la actualidad los soldados mismos son todos fotógrafos -registran su guerra, su esparcimiento, sus observaciones sobre lo que les parece pintoresco, sus atrocidades-, se intercambian imágenes y las envían por correo electrónico a todo el mundo.

Cada vez hay más registros de lo que la gente hace, por su cuenta. Al menos, o sobre todo en Estados Unidos, el ideal de Andy Warhol de rodar hechos reales en tiempo real -si la vida no está montada, ¿por qué debería montarse su registro?- se ha vuelto la norma de millones de transmisiones por Internet, en las que la gente graba su jornada, cada cual en su propio reality show. Aquí me tenéis: despertando, bostezando, desperezándome, cepillándome los dientes, preparando el desayuno, enviando a los chicos al colegio. La gente plasma todos los aspectos de su vida, los almacena en archivos de ordenador, y luego los envía por doquier. La vida familiar acompaña al registro de la vida familiar; incluso cuando, o sobre todo cuando, la familia está en medio de la crisis y el descrédito. Sin duda, la incesante entrega a la videograbación doméstica mutua, en conversación o en monólogo, durante muchos años, fue el material más asombroso de Capturing the Friedmans (2003), el documental de Andrew Jarecki sobre una familia de Long Island implicada en acusaciones de pederastia.

La vida erótica es, para cada vez más personas, lo que se puede capturar en las fotografías o el vídeo digital. Y acaso la tortura resulta más atractiva, a fin de registrarla, cuando tiene un cariz sexual. Sin duda es revelador, a medida que más fotografías de Abu Ghraib se presentan a la luz pública, que las fotografías de las torturas se intercalan con imágenes pornográficas: de soldados estadounidenses manteniendo relaciones sexuales entre ellos, así como con prisioneros iraquíes, y de la coerción ejercida sobre estos presos para que ejecuten, o simulen, actos sexuales recíprocos. De hecho, el tema de casi todas las fotografías de torturas es sexual. (Salvo la imagen, ya canónica, del individuo obligado a permanecer de pie sobre una caja, encapuchado y al que le brotan cables, quizá advertido de que si cae será electrocutado). Con todo, las imágenes de prisioneros atados muchas horas en posiciones dolorosas, o forzados a permanecer de pie otras tantas, con los brazos en alto, son más o menos infrecuentes. No hay duda de que se consideran como tortura: basta ver el terror en el rostro de la víctima. Pero casi todas las imágenes parecen formar parte de una más amplia confluencia de la tortura con la pornografía: una joven que guía a un hombre desnudo con una correa es clásica imaginería dominatriz. Y cabe preguntarse en qué medida las torturas sexuales infligidas a los internos de Abu Ghraib hallaron su inspiración en el vasto repertorio de imaginería pornográfica disponible en Internet y que pretenden emular las personas comunes que en la actualidad se transmiten a sí mismas por la Red.

Vivir es ser fotografiado, poseer el registro de la propia vida, y, por tanto, seguir viviendo, sin reparar, o aseverando que no se repara, en las continuas cortesías de la cámara; o detenerse y posar. Actuar es participar en la comunidad de las acciones registradas como imágenes. La expresión de complacencia ante las torturas infligidas a víctimas indefensas, atadas y desnudas es sólo parte de la historia. Hay una complacencia primordial en ser fotografiado, a lo cual no se tiende a reaccionar hoy día con una mirada fija, directa y austera (como antaño), sino con regocijo. Los hechos están en parte concebidos para ser fotografiados. La sonrisa es una sonrisa dedicada a la cámara. Algo faltaría si, tras apilar a hombres desnudos, no se les pudiera hacer una foto.

Sonrisa digital

Al mirar estas imágenes, cabe preguntarse: ¿cómo puede alguien sonreír ante los sufrimientos y la humillación de otro ser humano? ¿Situar perros guardianes frente a los genitales y las piernas de prisioneros desnudos encogidos de miedo? ¿Violar y sodomizar a los prisioneros? ¿Forzar a prisioneros con capucha y grilletes a masturbarse o a cometer actos sexuales entre ellos? Y da la impresión de que es una pregunta ingenua, pues la respuesta es, evidentemente: las personas hacen esto a otras personas. La violación y el dolor infligido a los genitales están entre las formas de tortura más comunes. No sólo en los campos de concentración nazis y en Abu Ghraib cuando lo gestionaba Saddam Hussein. Los estadounidenses también lo han hecho y lo siguen haciendo, cuando se les dice o se les incita a sentir que aquellos sobre los cuales ejercen un poder absoluto merecen el maltrato, la humillación, el tormento. Cuando se les lleva a creer que la gente a la que torturan pertenece a una religión o raza inferior y despreciable. Pues la significación de estas imágenes no consiste sólo en que se ejecutaron estos actos, sino en que, además, sus perpetradores no supusieron nada condenable en lo que muestran las imágenes. Y lo más detestable, pues se pretendía que las fotos circularan y mucha gente las viera, es que todo eso había sido divertido. Y esta noción de esparcimiento es, por desgracia -y contrariamente a lo que el señor Bush le cuenta al mundo-, cada vez más parte "de la verdadera naturaleza y el corazón de Estados Unidos".

Es difícil evaluar la creciente aceptación de la brutalidad en la vida estadounidense, pero las pruebas están por doquier, desde los videojuegos de asesinatos que son el espectáculo principal de los chicos -¿cuánto tardará en llegar el videojuego Interroga a los terroristas?- hasta la violencia ya endémica en los ritos grupales de la juventud en un acceso de euforia. Los crímenes violentos están a la baja, si bien ha aumentado el fácil regodeo en la violencia. Desde los rudos vejámenes infligidos a los alumnos recién llegados en numerosos bachilleratos de las urbanizaciones estadounidenses -retratados en la película de Richard Linklater Dazed and confused (Jóvenes desorientados) (1993)- hasta las novatadas rituales con brutalidades físicas y humillaciones sexuales institucionalizadas en las escuelas, universidades y equipos deportivos, Estados Unidos se ha convertido en un país en el que las fantasías y la ejecución de la violencia se tienen por un buen espectáculo, por diversión.

Lo que antaño se apartaba como pornográfico, como ejercicio de extremos anhelos sadomasoquistas -como en la última y casi insoportable película de Passolini, Saló (1975), que exhibe orgías de suplicios en un reducto fascista del norte italiano en las postrimerías de la época de Mussolini-, en la actualidad se normaliza, por los apóstoles de los nuevos Estados Unidos belicosos e imperiales, como una animada travesura y desahogo. "Apilar hombres desnudos" es como una travesura de fraternidad universitaria, afirmó un oyente a Rush Limbaugh y a veinte millones de estadounidenses que escuchan su programa radiofónico. Cabe preguntar si el que llamó había visto las fotografías. No importa. La observación, ¿o acaso la fantasía?, es muy acertada. Lo que tal vez aún pueda escandalizar a algunos estadounidenses fue la respuesta de Limbaugh: "¡Exacto!", exclamó. "Justo lo que digo. No es muy distinto de lo que ocurre en una iniciación de Skull and Bones. Vamos a arruinar la vida de unas personas por eso y a entorpecer nuestros esfuerzos militares y luego vamos a cascarlos a ellos en serio porque se lo pasaron bomba". "Ellos" son los soldados estadounidenses, los torturadores. Y Limbaugh continuó: "Vamos, a esta gente le están disparando todos los días. Estoy hablando de estas personas, de gente que lo está pasando bien. ¿Es que nadie recuerda lo que es una descarga emocional?".

Humillación como diversión

Es probable que buena parte de los estadounidenses prefiera pensar que está bien torturar y humillar a otros seres humanos -los cuales, en calidad de enemigos putativos o presuntos, han perdido todos sus derechos- que reconocer el disparate, la ineptitud y el timo de la aventura estadounidense en Irak. En cuanto a la tortura y la humillación como diversión, parece que hay poco que oponer a esta tendencia mientras Estados Unidos se convierte en un Estado de guarniciones, en el que los patriotas se definen como respetuosos incondicionales del poderío militar y en el que se necesita el máximo de vigilancia en el interior. Conmoción y pavor fue lo que nuestros militares prometieron a los iraquíes que se resistieran a los libertadores estadounidenses. Y conmoción y horror es lo que han transmitido los estadounidenses según pregonan al mundo estas fotografías: una pauta de conducta criminal que desafía y desprecia manifiestamente las convenciones humanitarias internacionales. Hoy día, los soldados posan, con pulgares aprobatorios, ante las atrocidades que cometen, y envían fotografías a sus compañeros y familiares. ¿Debería sorprendernos siquiera? La nuestra es una sociedad en la cual antaño habríamos hecho lo imposible por ocultar los secretos de la vida privada, pero en la actualidad clamamos por una invitación para revelarlos en un programa de televisión. Lo que estas fotografías ilustran es tanto la cultura de la desvergüenza como la reinante admiración a la brutalidad contumaz.

La noción de que las "disculpas" o las profesiones de "repugnancia" o "aborrecimiento" por parte del presidente y el ministro de Defensa son respuesta suficiente a la tortura sistemática de los prisioneros revelada en Abu Ghraib es un ultraje a nuestro sentido moral e histórico. La tortura de prisioneros no es una aberración. Es la consecuencia directa de una ideología global de lucha en la que "estás conmigo o en mi contra" y con la que el Gobierno de Bush ha procurado cambiar, de modo radical, la postura internacional de Estados Unidos y refundir muchas instituciones y prerrogativas nacionales. El Gobierno de Bush ha empeñado al país en una doctrina bélica seudorreligiosa, de guerra sin fin; pues la "guerra contra el terror" no es más que eso. Lo que ha sucedido en el nuevo imperio carcelario internacional que gestiona el ejército estadounidense excede incluso los escandalosos procedimientos de la isla del Diablo francesa o el sistema del Gulag de la Rusia soviética, ya que en el caso de la colonia penal francesa hubo, primero, juicios y sentencias, y en el del imperio penitenciario ruso, cargos de algún tipo y una sentencia que duraba años explícitos. La guerra sin fin se emplea para justificar encarcelamientos sin fin: sin cargos, sin revelar el nombre de los prisioneros o sin facilidades para que se comuniquen con sus familias o abogados, sin juicios, sin sentencias. Los detenidos en el alegal imperio penitenciario estadounidense son "detenidos"; "prisioneros", una palabra recientemente obsoleta, podría suponer que tienen derechos conferidos por las leyes internacionales y la ley de todos los países civilizados. Esta "Guerra Global Contra el Terror" -en la cual se han mezclado por decreto del Pentágono tanto la justificable invasión de Afganistán como el irreducible disparate en Irak- acarrea inevitablemente la deshumanización de todo aquel que el Gobierno de Bush declara posible terrorista: una definición indiscutible y que casi siempre se adopta en secreto.

Puesto que las imputaciones contra la mayoría de las personas detenidas en las prisiones iraquíes y afganas son inexistentes -el Comité Internacional de la Cruz Roja informa de que entre el 70% y el 90% de los recluidos no parece haber cometido otro delito más que el de encontrarse en el sitio y el momento inoportunos, capturados en alguna redada de "sospechosos"-, la justificación principal para retenerlos es el "interrogatorio". ¿Interrogarlos sobre qué? Sobre cualquier cosa. Lo que el detenido pueda llegar a saber. Si el interrogatorio es el motivo por el cual se detiene a los prisioneros indefinidamente, entonces la coerción física, la humillación y la tortura resultan inevitables.

Acopio de información

Recuérdese: no nos referimos a una situación extraordinaria, al escenario de una "bomba de efecto retardado", lo cual a veces se aduce como caso límite para justificar la tortura de prisioneros que están al tanto de un atentado inminente. Se trata del acopio de información no específica o general autorizado por militares estadounidenses y funcionarios civiles a fin de saber más del indefinido imperio de malhechores sobre el que Estados Unidos casi nada sabe, en países acerca de los cuales es especialmente ignorante: en principio, toda "información" cualquiera podría ser útil. Un interrogatorio que no produjera información (no importa en qué consista) se consideraría un fracaso. Por ello se justifica aún más la preparación de los prisioneros para que hablen. Ablandarlos, presionarlos: éstos suelen ser los eufemismos de las costumbres bestiales que han cundido en las cárceles estadounidenses donde están recluidos los "sospechosos de terrorismo". Al parecer, infortunadamente, poco más que unos cuantos fueron "presionados" demasiado y murieron.

Las imágenes no desaparecerán. Es la naturaleza del mundo digital en que vivimos. En efecto, parecen haber sido necesarias para que los dirigentes estadounidenses reconocieran que tenían un problema entre las manos. Con todo, el informe remitido por el Comité Internacional de la Cruz Roja y otros informes periodísticos y protestas de organizaciones humanitarias sobre los castigos atroces infligidos a los "detenidos" y "sospechosos de terrorismo" en las prisiones gestionadas por soldados estadounidenses han estado circulando durante más de un año. Es improbable que el señor Bush o el señor Cheney, la señora Rice o el señor Rumsfeld hayan leído esos informes. Al parecer, las fotografías fueron lo que reclamó su atención, cuando resultaba ya patente que no podían suprimirse; las fotografías hicieron todo esto "realidad" para el presidente y sus cómplices. Hasta entonces sólo hubo palabras, que resulta más fácil encubrir, y más fácil olvidar, en la era de nuestra reproducción y diseminación digital infinitas.
Así pues, las fotografías seguirán "asaltándonos", como están siendo inducidos a sentir muchos estadounidenses. ¿Se acostumbrará la gente a ellas? Algunos afirman que ya han visto "suficiente". No, sin embargo, el resto del mundo. La guerra sin fin: un torrente sin fin de fotografías. ¿Los editores de periódicos, revistas y televisiones estadounidenses discutirán ahora que mostrar otras más, o mostrarlas sin recortar (lo cual, con algunas de las imágenes más conocidas, procura una visión diferente y en algunos casos más horrorosa de las atrocidades cometidas en Abu Ghraib), sería de "mal gusto" o una acción política manifiesta? Por "político" entiéndase: crítico de la guerra sin fin del Gobierno de Bush. Pues no puede haber duda de que las fotografías perjudican, como ha testificado el señor Rumsfeld, la reputación de "los hombres y mujeres honorables de las Fuerzas Armadas que con valentía, responsabilidad y profesionalismo están protegiendo nuestras libertades en todo el mundo". Este perjuicio -a nuestra reputación, nuestra imagen, nuestro éxito en cuanto potencia imperial- es lo que deplora sobre todo el Gobierno de Bush. Cómo es que la protección de "nuestras libertades" -y en este punto se trata sólo de la libertad de los estadounidenses, 5% de la población del planeta- precisa del despliegue de soldados estadounidenses en cualquier país que le plazca ("en todo el mundo") es algo que difícilmente se debate entre nuestros funcionarios elegidos. Estados Unidos se ve a sí mismo como víctima potencial o futura del terror. Estados Unidos sólo está defendiéndose de enemigos implacables y furtivos.

La reacción ya se ha hecho sentir. Se aconseja a los estadounidenses no dejarse llevar por una orgía de reproches. La publicación continuada de las imágenes está siendo interpretada por muchos estadounidenses como una indicación de que no tenemos derecho a defendernos. Al fin y al cabo, ellos (los terroristas, los fanáticos) comenzaron. Ellos -¿Osama Bin Laden? ¿Sadam Husein? ¿Qué importa?- nos atacaron primero. James Inhofe, republicano de Oklahoma y miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, ante el cual testificó el ministro de Defensa, confesó su certidumbre de no ser el único miembro "más indignado por la indignación" que causó lo que exponen las fotografías. "Se sabe que estos prisioneros, explicó el senador Inhofe, "no están ahí por sanciones de tráfico. Si estos prisioneros están en el bloque 1-A o 1-B es porque son asesinos, son terroristas, son insurgentes. Es probable que muchos tengan las manos manchadas de sangre estadounidense y aquí estamos preocupados sobre el trato que se les da a estos individuos". La culpa es de "los medios" -llamados habitualmente "medios liberales"-, que provocan, y seguirán provocando, más violencia contra los estadounidenses en el mundo. "Ellos" se vengarán de "nosotros". Morirán más estadounidenses. Por estas fotografías. Y las fotos engendrarán más fotos: "su" respuesta a las "nuestras".

Sería un error manifiesto permitir que estas revelaciones sobre la connivencia militar y civil estadounidense para torturar en la "guerra mundial contra el terrorismo" se conviertan en la historia de la guerra de -y contra- las imágenes. No es a causa de las fotografías, sino a causa de lo que revelan que está sucediendo, sucediendo por orden y complicidad de una cadena de mando que alcanza los más altos niveles del Gobierno de Bush. Pero la distinción -entre fotografía y realidad, entre política y manipulación- se puede desvanecer con facilidad. Eso es lo que espera este Gobierno que ocurra.

También vídeos

"Hay muchas más fotografías y vídeos -reconoció el señor Rumsfeld en su testimonio-. Si se difunden entre el público, este asunto, evidentemente, empeorará". Empeorará para el Gobierno y sus programas, presumiblemente, no para quienes son víctimas potenciales y actuales de la tortura. Los medios podrían censurarse a sí mismos, como acostumbran. Pero, según reconoció el señor Rumsfeld, es difícil censurar a los soldados en ultramar que no escriben, como antaño, cartas a casa que los censores militares pueden abrir para tachar los fragmentos inaceptables, sino que se desempeñan como turistas; en palabras del señor Rumsfeld: "Nos sorprende que vayan por ahí con cámaras digitales tomando fotografías increíbles, y luego las pasen, al margen de la ley, a los medios". Los esfuerzos del Gobierno por detener la marea de fotografías se desarrollan en varios frentes. En la actualidad, el argumento está adoptando un cariz legalista: las fotografías se clasifican ahora como "pruebas" en causas futuras, cuyo resultado podría verse afectado si son dadas a conocer al público. Siempre se sostendrá que las imágenes más recientes, que, según se informa, contienen horrendas imágenes de violencia ejercida contra los prisioneros y humillaciones sexuales, no han de difundirse. El presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, el republicano John Warner, de Virginia, después de examinar con otros legisladores la muestra de diapositivas del 12 de mayo con más horrendas imágenes de humillación sexual y violencia contra los prisioneros iraquíes, dijo que, en su "enérgica" opinión, las fotografías más recientes "no deberían hacerse públicas. Me parece que podrían poner en riesgo a los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas mientras están prestando su servicio en medio de grandes peligros".
Pero el impulso más decidido para restringir la disponibilidad de las fotografías provendrá del empeño incesante en proteger al Gobierno de Bush y encubrir el desgobierno estadounidense en Irak; en equiparar la "indignación" a causa de las fotografías con una campaña para socavar el poderío militar estadounidense y los propósitos que sirve en la actualidad. Del mismo modo en que muchos tuvieron por una implícita crítica de la guerra la transmisión televisada de fotografías de soldados estadounidenses muertos en el curso de la invasión y ocupación de Irak, se tendrá cada vez más por antipatriota la propagación de las nuevas fotografías que mancillen aún más la reputación -es decir, la imagen- de Estados Unidos.

Con todo, estamos en guerra. Una guerra sin fin. Y la guerra es el infierno. "No me importa lo que digan los abogados internacionales, vamos a machacarlos" (George W. Bush, 11 de septiembre de 2001). Vaya, sólo nos estamos divirtiendo. En nuestra sala de espejos digital, las imágenes no se desvanecerán. Sí, al parecer, una imagen dice más que mil palabras. E incluso si nuestros dirigentes prefieren no mirarlas, habrá miles de instantáneas y vídeos adicionales. Incontenibles.

Susan Sontag, 2004

Traducción de Aurelio Major.